La voz del silencio y las aguas del miedo: Salmos 19, Romanos 9 y Mateo 14.

Domine, si tú eres, amáme venir a ti sobre las aguas.El decimonoveno domingo del Tiempo Común del Año A desarrolla tres textos en torno a la fragilidad humana y la presencia discreta de Dios. 1 Reyes 19,9a.11-13a narra la teofanía en Horeb: Dios no está en el viento devastador, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en una voz de silencio delicado. Romanos 9,1-5 presenta a Pablo en un dolor constante por Israel, que recibió los mayores dones de Dios y sin embargo se cerró al Mesías. Mateo 14,22-33 cuenta cómo Jesús camina sobre las aguas y cómo Pedro, al atreverse a ir hacia Él, se hunde al tener miedo. Los tres textos describen el mismo dinamismo: Dios está presente donde menos se espera, la fe crece en el silencio y no en el espectáculo, y el miedo es la tentación que hace hundirse a quien ya estaba caminando.I. La primera lectura: 1 Reyes 19,9a.11-13aElias huyó de Jezabel y llegó a Horeb, la montaña de Dios, exhausto y desilusionado. El Señor le dice: «Sal y permanece en el monte, delante del Señor, porque el Señor va a pasar» (1 Reyes 19,11). Primero pasa un viento fuerte e impetuoso que hace despedazarse las rocas: «Pero el Señor no estaba en el viento». Luego un terremoto: «Pero el Señor no estaba en el terremoto». Después fuego: «Pero el Señor no estaba en el fuego». Y después del fuego: una voz de silencio fino, una brisa suave, un sonido de tranquilidad delicada. Cuando Elías la oyó, cubrió su rostro con el manto. La teofanía de Horeb corrige la expectativa de Elías: el profeta que había hecho descender fuego del cielo (18,38) descubre que el Señor no es el Dios del espectáculo, sino el Dios de la presencia discreta. La fe madura no busca los signos impresionantes: aprende a reconocer a Dios en la voz que el ruido del mundo cubre.II. La segunda lectura: Romanos 9,1-5Pablo hace una confesión personal de gran intensidad: «Digo la verdad en Cristo, no miento: mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo; tengo una tristeza y un dolor constantes en mi corazón» (Romanos 9,1-2). La causa es Israel: sus hermanos según la carne. La lista de lo que Israel recibió es impresionante: «la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas, los patriarcas, y sobre todo, Cristo, según la carne, que es antes de todo Dios bendito por los siglos» (v.4-5). Pablo no condena a Israel: llora por él. La tristeza de Pablo no es la desesperación de quien perdió la fe, sino el amor de quien ve a sus hermanos cerrarse al don que no reconocen. Esta dolor interpelan al discípulo: ¿cómo reacciona quien ve a otros hundirse, al igual que Pedro en los evangelios?III. El evangelio: Mateo 14,22-33
Mt 14,28
Después de la multiplicación de los panes, Jesús manda a los discípulos subir al barco y Él se retira a orar en la montaña, solo. A la cuarta vigilia de la noche, viene hacia ellos caminando sobre el mar. Los discípulos, aterrorizados, creen que es un fantasma. Jesús dice: «Tened valor, soy Yo; no temáis» (Mt 14,27). Pedro responde con una propuesta audaz: «Se tú eres, mandame ir a tu encuentro sobre las aguas» (v.28). Jesús dice: «Ven». Pedro sale del barco y camina sobre el agua. Pero al ver la fuerte tormenta, tiene miedo y comienza a hundirse: «Señor, sálvame» (v.30). Jesús extiende inmediatamente su mano, lo agarra y dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?» (v.31). Cuando suben al barco, la tormenta amaina. Los del barco lo adoran: «Ciertamente eres el Hijo de Dios» (v.33). Pedro no falló por falta de valor: osó pedir lo imposible y osó salir del barco. Falló al desviar su mirada de Jesús hacia la tormenta. El miedo no venía de afuera; venía de adentro, cuando desplazó su atención.
IV. María y la voz del silencio
La teofanía de 1Rs 19 ocurre en el silencio: Dios no está en el viento ni en el fuego, sino en la brisa suave. María es, en la tradición, la figura del silencio en que Dios habla. Lucas repite dos veces el mismo gesto: «María guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19. 2,51). La meditación de María no es pasividad; es la atención que detecta la voz del silencio cuando el mundo hace ruido. Pedro se hundió al mirar hacia la tormenta: al desplazar su atención del Señor al espectáculo. María nunca desplazó su atención: ni cuando el ángel anunció lo imposible, ni cuando José quiso repudiarla, ni cuando Herodes perseguía al Hijo, ni cuando la Cruz se acercaba. La fe de María no es la ausencia del miedo; es la negativa a dejar que el miedo ocupe el lugar que le corresponde a Dios. Pablo llora por Israel en Rm 9, y ese dolor tiene un matiz mariológico: María, hija de Israel, representa la respuesta que Israel fue llamado a dar y que ella dio en nombre de todos. Su sí en la Anunciación es la voz del silencio que respondió a la voz del silencio de Dios.
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